Los momentos cinematográficos de 2008. AM: Primer post de 2009.
Se acaba el año 2008. Nuestra exigua educación cinematográfica sufrió un shock en este año que termina, cuando vimos más y mejores películas que ningún otro año de nuestras vidas. Como vivimos para ver películas -y nos pondremos como meta en el 2009 ocuparnos más de ello en vez de estupideces-, el post de fin de año del blog no hablará de las muchas estupideces que han ocurrido este año, ni de las personas del año (públicas o privadas), si no más bien de las películas de nuestras vidas.
Es el primer día y el primer post del nuevo año, símbolo que sirve como momento para agradecer a los muchos cineastas cuyas obras nos han enriquecido y/o agradado, y hacer un alto para recordar los momentos/cosas que (con suerte) no olvidaremos.
Y ahí van unos.
Es el: Y no olvidaremos / Y siempre recordaremos:
(orden cronológico (de producción))
Los imaginativos decorados de Das cabinet der Dr. Caligari (”El gabinete del Dr. Caligari”, 1920), y el impresionante twist pone-todo-en-su-sitio al final.
El Cristianismo arrastrado y pisoteado por las tropas populares en la excelsamente realizada propaganda soviética Bronenosets Potyomkin (”El acorazado Potemkin”, 1925). La impresionante edición y la gran secuencia de la escalinata.
La seriedad de Buster Keaton en la divertida The general (1927). Y los stunts del tren en tiempo real. La matematicidad de la película.
Al Chaplin como pollo en The gold rush (1925), y el baile de los tenedores. Y la casucha y el risco.
La presciencia de Metropolis (1927), y su poder dramático, estético y narrativo, aun vívido tras 80 años.
La pasión del cinéfilo / Lo increíble e imposible: La passion de Jeanne d’Arc (1928), la película que filmó el alma humana. A Maria Falconetti. Crucial: Y el cómo tomó repetirla para apreciarla (regla fija para todo cinéfilo: repetir, repetir, repetir).
El ojo navajeado en Un chien andalou (”Un perro andaluz”, 1929), y la palma con las hormigas en el centro.
La perfección del desenlace de City lights (1931). Y el pollo en el local, y el amigo rico.
Los freaks de Freaks (1932). La candidez y el “gobble-gobble-one-of-us” que primero vi en “The dreamers” (humor romántico).
Las cláusulas del contrato en A night at the opera (1935). Y la mariposita que vuela desde los pelos.
El hipnótico poder visual de Triumph des willens (”Triunfo de la voluntad”, 1935), el documento de la convención del partido nacional socialista alemán de 1934. La entrada del Führer Hitler (bajando del cielo literalmente), la ominosa sombra del avión sobre la ciudad y los soldados en correcta formación. Los protagónicos estandartes y signos visuales. Las nubes preñadas. El gato y la estatua con agua en la ciudad. Toda la embriaguez cinematica.
El principio de Modern times (1936), el diseño de la fábrica, y Chaplin atornillando rápido y luego engullido por la máquina y arreglando los engranajes con música de baile/ensueño.
Las insinuaciones sexuales de Dracula’s daughter (1936).
El racismo y los bailes en A day at the races (1937), mi descubrimiento personal de los hermanos Marx (los Marx buenos). Y la secuencia de los libros, y la de la llamada telefonica en el hospital/sanatorio. Y la revisión médica. Y el caballo dentro, ¿luego de una explosión? Los negros bailando (gran humor y emoción). Y la carrera final también.
La inteligencia y civilidad de La grande illusion (1937), y la bellísima mini pelicula de la estadía con la señora alemana. El contrapunteo de los himnos, que emularía “Casablanca” unos años después.
A Spencer Tracy en Captains courageous (1938). Cuando cantó. Y el niñito creído (y cuando se cae del barco). Y la gran escena de la muerte.
El arresto visual de La règle de jeu (”Las reglas del juego”, 1939), la increíble fluidez de las varias escenas contiguas en la mansión. Y la gran máquina de los muñequitos (gran paneo). Y el juego que odiamos. Que no lo extraño.
La entrada del gran y joven John Wayne y los paisajes de Stagecoach (1939), historia de la nación. Y la galería de personajes memorables.
El cameo de la pista de sonido en Fantasia (1940). ¿De ahí vino la idea de los gráficos de los ecualizadores actuales?
El tema central de Alfred Newman para The song of Bernadette (1943), y la gran confrontación de la hermana que no creía en Bernadette. Y el talante/respuesta de Bernadette. Y el regreso de la virgen. Con Alfred Newman.
La elegancia pictórica y por segundo año consecutivo la dirección de actores de George Cukor en Gaslight (1944), y el humo y la histeria de Ingrid Bergman. Nota: El año pasado fue con la inobjetable “David Copperfield” (1935).
La canción del trolley en Meet me in St. Louis (1944), y el golpe nostálgico de Judy Garland con el “Have yourself a merry little Christmas“.
El inolvidable “Gracias por volver” en Brief encounter (1945). Y el Rachmaninoff, que no sabía que él escribió “All by myself (don’t want to be)”.
El entrañable mimo de Les enfants du paradis (”Los infantes de las gradas”, 1945), y sus presentaciones teatrales.
Los diálogos y el Dickens de Great expectations (1946). El humo y el cementerio.
Los colores vívidos de Black narcissus (1947), y la represión sexual, y las montañas, gran choque de culturas. “Pasaje a los Himalayas”.
La femme fatale en Double indemnity (1948), y el desenlace con twist e intento de twist genérico. El amigo del protagonista -bonito final- y los diálogos fatales.
Fred Astaire y Judy Garland bailando en los números teatrales de Easter parade (1948). Y el “I wish I was in Michigan”. And I wish and wish and wish again…
El devastador paneo y desenlace de la perfecta Ladri di biciclette (”Ladrón de bicicletas”, 1948). La inteligencia y pureza del guión/alegato.
El hombre prehistórico y Ann Miller en On the town (1948). Y días después cuando me enteré que Ann Miller fue Coco en “Mulholland Dr.”
Los paisajes rojizos de She wore a yellow ribbon (1949).
La malvada Eva Harrington -mosquita muerta- y las excelentes actuaciones de All about Eve (1950). Y el tono cínico del guión, los depurados diálogos. Y quizá el mejor vestuario del año (Edith Head). Y verla en tándem con “Todo sobre mi madre” (1999).
La imbécil/naive Judy Hollyday en Born yesterday (1950). Y el esposo mafioso.
A Elwood Dowd y especialmente a su amigo Harvey (1950), a quien deseamos conocer.
La secuencia onírica de Los olvidados (1950).
La limpieza formal y argumental de Rashomon (1950), cuento sobre un asesinato sin culpable y cuatro involucrados que confiesan la autoría, y el gran desenlace Deus ex machina.
El electrizante final de Sunset Blvd. (1950), con Franz Waxman y Norma Desmond, lista para su close-up.
La toma de los anteojos y el gran desenlace del carrusel en Strangers on a train (1951). El suspense puro.
Al sheriff tirando la insignia/estrella a la tierra como despedida en High noon (1952). Que algunos pueblos no merecen ser salvados, pero lo son por culpa de algun(os) individuo(s). Moraleja.
A Setsuko y la cámara en Tokyo monogatari (”Historia de Tokio”, 1953), siempre obligándonos a prestar atención y empatía. Llovía mucho esa noche. El agua se metía. Esto fue adecuado.
La brillantez estética y simpleza -y complejidad- de All that heaven allows (1955), y la inolvidable escena del televisor. La facilidad de su consumo.
La mano de Jesucristo recibiendo el pan de Marcelino pan y vino (1955).
La película que probó la existencia de Dios: Ordet (”La palabra”, 1955), de Carl Theodor Dreyer. Primera inobjetable obra maestra que veo en años, y tal vez la mejor película que he visto. El valor de la palabra, lo mejor de la humanidad. Es Dreyer: El director de cine que podría cambiar nuestras vidas.
El efecto del globo rojo en Le ballon rouge (1956), y la inolvidable participación especial de “todos los globos de París”.
La toma final de The searchers (1956), que dio sentido a toda la película. El gran John Wayne, y la canción: “What makes a man to wander…”
Escandinavia en tiempos de las cruzadas católicas, plena merma de la fé y duda existencial, y las fresas salvajes y la leche en Det sjunde inseglet (”El séptimo sello”, 1957).
El austero rigor intelectual y profundidad de Smultronstallet (”Fresas salvajes”, 1957).
Giulietta Massina sonríendonos en Le notti di Cabiria (”Las noches de Cabiria”, 1957), uno de los golpes más efectivos y honestos que haya presenciado, en películas o no. Fellini filmó el amor por su esposa, y ella quedó filmada amándolo/nos.
El origen de varias secuencias y personajes de “Star Wars” en Kakushi-toride no san-akunin (”La fortaleza escondida”, 1958). Y el gran escape. La gravidez y fibra humana de Kurosawa, incluso en las peliculas divertidas.
A Bernard Herrmann en The 7th voyage of Sinbad (1958).
La voz/reverberación de la radio y el desenlace del clásico noir Touch of evil (1958), otra semi autobiográfíca de Orson Welles. Tanya/Marlene: “He was some kind of a man… What does it matter what you say about people?”. Adios.
El exilio de Apu en la Apur sansar (”El mundo de Apu”, 1959). Y -como consecuencia de ver la pelicula- darme cuenta del cruel chiste de “The Simpsons”.
La piña en Nazarín (1959).
El “nadie es perfecto” en Some like it hot (1959).
El “Yo soy Espartaco!” en Spartacus (1960), la película sobre el Cristo pero sin el Cristo.
La estatua en helicóptero, las ruinas de la mansión a oscuras, la velada orgía, el club nocturno con el padre, y la prostituta, la pléyade de situaciones metafóricas ambientadas en la Italia contemporánea -una vez Roma- en La dolce vita (1961).
El simbolismo, el sonambulismo, las tetas de Viridiana (1961), el gran banquete -y la momentánea parodia de la ultima cena, sí-, el uno y el otro perro, y el cruel desnudamiento y laceramiento de la gran nobleza del hombre (gran pensamiento romántico).
La gran reunión de los amigos y el misterio inexplicable (ricos contra pobres) de El angel exterminador (1962). Y el obligatorio episodio surreal.
La sucesión de fotos fijas de La jetée (1963), y la escena que no es foto fija (momento mágico). Que no lo es, dije.
No hay unión de forma y contenido como en las películas de Dreyer, y Gertrud (1964) pone esto de manifiesto. No olvidaré el hermoso final, ni a la hermosa Gertrud en este mundo que puede ser tan feo y cruel y estúpido -y lo es.
A Deborah Kerr en The night of the iguana (1964), y la noche del título.
La secuencia de batalla y el emotivo Orson Welles en Falstaff – Chimes at midnight (1965).
Al insigne Thomas More / Paul Scofield en A man for all seasons (1966), y la inolvidable y efectiva toma panorámica: El “¡este matrimonio!”. Gracias Fred Zinnemann y Robert Bolt.
A Baltasar y la niña/muchacha que sólo quería el amor, y también el muchacho flaco, en Au hasard Balthazar (”Por azar Baltasar”, 1966). Y la escena de muerte más sublime que he visto. Las realistas actuaciones/personas, odiadas por quienes creen que actuar/ser persona es hacer morisquetas. Es Robert Bresson, quien podría convertirse en uno de los cineastas claves de nuestras vidas. Si nos dignamos a verle.
La escena de los dos hermanos, el gran duelo, y el gran Ennio Morricone en The good, the bad and the ugly (1966).
La ambientación y naturalidad del cuento bíblico -versión popular- Il vangelo secondo Matteo (”El evangelio según Mateo”, 1966). Con pobladores cargando hoces al final (ah, sutil).
Las dos caras y la expresividad fotográfica de Persona (1966). Y la extraña invasión del pene adolescente erecto en el prólogo. Los créditos. La pantalla al principio, y la pantalla -via fotografía- cuando aquella entra a la habitación de esta. El teatro, la actuación. El shock de verla por primera vez.
El asco y la represión sexual, y la introvertida Catherine Deneuve -asesina sonriente- alucinando en Repulsion (1966). Y la toma y gesto que -al parecer- emularía algo exageradamente Brian de Palma para la mamá de “Carrie”. Y la fotografía del pasado (foto clave).
La arquitectura, la maestría estética y el apabullante final de Play time (1967).
El hipnótico desenlace de Aguirre, der zorn gottes (”Aguirre, la ira de Dios”, 1972). “Esto no es una flecha”.
La estupenda canción nazi, y Liza Minelli cantando que la vida es un Cabaret (1972). El rapport sexual entre los tres protagónicos. Y el paneo final.
La guerrilla de terror de The last house of the left (1972), la realidad de la violencia y la muerte. El final que debió ser más largo.
El rojo y la iluminación de la interior Viskningar och rop (”Gritos y susurros”, 1973). Y una de las tomas del año; la inolvidable Ana (la piedad). “No quiero nada”.
El tono desafectado -embrutecido- de Badlands (1973), visión de la America profunda.
La dura y verdadera película sobre el amor: Angst essen seele auf (”Miedo come el alma”, 1974).
La vieja escuela de The towering inferno (1974), y John Williams en la gran escena de la quema y el salto en camara lenta.
Los zooms de Barry Lyndon (1975), las escenas con velas. La singular adecuación de ambientes, vestuarios y maquillaje. La música adaptada.
El final del concierto en la historia de la nación: Nashville (1975). Y el “I’m easy”. Meaning “You’re easy”. AM: “La única película norteamericana de los últimos 40 años que me atrevo a asegurar estará en un museo.”
La poesía visual y el radical hermetismo de Zerkalo (”El espejo”, 1975).
El prólogo y los colores y el diseño de Suspiria (1977). Dario Argento, estilista visual. El Brian de Palma europeo. ¿O es De Palma el Argento americano?
La secuencia del infierno en Days of heaven (1978). Y el pastoral Ennio Morricone.
La edición del opening y el “Goodbye my life goodbye!” en All that jazz (1979). Y la coreografía del número de la orgía.
La bandera norteamericana y el desenlace en Blow out (1981). Y Pino Donaggio, siempre difícil olvidarle.
Las visuales de Blade runner (1982). También el Vangelis (score noir con electrónica), y ese estúpido diálogo al final que todos conocen. Sobre todo la gran decepción que me causó la película, supuestamente título capital del cine.
La cosa y su cabeza en The thing (1982). Y el genuino suspense, raro en estas producciones menores.
La larga, larga caída en Koyaanisqatsi (1983). Los chips.
El televisor/eros, la violencia/eros y los huecos del cuerpo en Videodrome (1984). Y un poco de la política también.
A Mia Farrow y el personaje que se sale de la película en The purple rose of Cairo (1985).
La incesante diversión e imaginación de Tenkû no shiro Rapyuta (”Laputa: Castillo en el cielo”, 1986), gran matinee para los sabados por la mañana o tarde.
La gran sudadera en Broadcast news (1987). Y la única cámara del reportaje. Los dulces latigazos al periodismo, pero sobre a todos a las gentes.
John Goodman (Del Griffith) en Planes, trains and automobiles (1987), la comedia con carcajadas, dolor y verdad. Y también Steve Martin. Y el final de caramelo y sonrisas (grandes emociones).
Gena Rowlands, la seriedad y Sven Nykvist en Another woman (1988), la mejor pelicula de Woody Allen que nadie ha visto.
La niña y el collage de la muerte, en Hotaru no haka (”Tumba de las luciérnagas”, 1988), uno de los mejores casos a favor del cine de animación.
Mei, la sandalia, los ojos y sonrisa del gatobus durante el encuentro, y la inolvidable canción en Tonari no Totoro (”Mi vecino Totoro”, 1988), quizá la mejor pelicula de su director. Y el escoge tu final/versión. ¿Verdad o mentira? ¿Dulzura o crueldad? ¿Vida o muerte?
El Yippee-ki-yay motherfucker en Die hard (1988)
Las vacas de Vacas (1992). Y los huecos y la pintura, y las vueltas.
El extraño chiste sexual y el extraño Buck de Chuck & Buck (2000).
La despedida de Robert Altman: A prairie home companion (2006), anécdota de la nación, y Lily Tomlin y Meryl Streep recordando cosas, y las canciones, todo el programa de radio. Y el conductor, Garrison Keillor. Y Tommy Lee Jones disparando sus líneas. Y los pedos.
El concierto de Neil Young: Heart of gold (2006), la mano del director y la mezcla del sonido. Las canciones y el personaje. “If you follow every dream, you might get lost.”
Robbie, Saoirse Ronan, Vanessa Redgrave y Anthony Minghella en Atonement (2007). Y el tecleo y la música. Y la gran toma secuencia, y el poema/canción/oración judeo/cristiana (The beauty of thy peace). Y la confesión de la película. El arco. La fuente. La niñez. La autoría.
La fragilidad del cuerpo humano en Eastern promises (2007), y el gran duelo desnudo en el sauna. La sangre.
El baile final de John Travolta en tacones y la contagiosa energía de Hairspray (2007).
La gran pistola de oxígeno (gran ironía: oxígeno para matar) en No country for old men (2007). Y la moneda del destino/nihilismo.
El y los adolescentes de Paranoid Park (2007), los paralelos con “Psycho”, la escena de la ducha, y las músicas. La introversion y la desarticulación. “Mayo’s sick.” El chiste involuntario. Esa canción francesa. El repetirla tantas veces sin saber exactamente por qué.
Las canciones de Sondheim -lamentablemente interpretadas, pero agradablemente adaptadas-, via Sweeney Todd: The demon barber of Fleet Street (2007).
A Clint Eastwood en el ataúd en su despedida actoral: el western moderno Gran Torino (2008). Y los chistes racistas en la película que dice muchas cosas sobre el racismo (y nunca que es malo, porque no lo es).
A Geraldine Chaplin y el juego de las escondidas en El orfanato (2008).
Las voz de Wall-E (2008). También la de Eve.
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Y esas son las cosas que no queremos/podremos olvidar. Con suerte.
Esperamos que este año continúe nuestra educación, y sea cada vez más erradicada nuestra infinita ignorancia en materia cinematográfica.
Intimar con Bergman, Bresson y Ozu lucen como las prioridades. Veremos qué ocurre en el gran 2009.
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AM
2009





















