El término “historia” tiene muchos significados/acepciones, y esta es la historia del lector que le gustaba leer buenas redacciones aunque no entendía mucho sobre lo que decían/significaban, y también sobre el disfrute de la belleza, y sobre sólo una vida y un poco de otras.
El muchacho/hombre/persona estaba sentado en su habitación y leía un escrito. La redacción del mismo era diáfana, simple y de un ritmo muy logrado, casi musical. Era su tipo favorito de lectura, y le proporcionaba uno de los placeres que más valoraba en su existencia. Sin darse cuenta había consumido páginas y páginas del mismo, embelesado por el relajado y uniforme devenir de la prosa. Era común para él perder actividades, de importancia variada, por estar encerrado leyendo en su habitación.
Ese día, como muchas otras veces, el pensamiento de que no entendía bien lo que leía asaltó su mente por un instante. Pero, como siempre, él lo dejó pasar, pues el oficio de cazar significados de escritos -y, por extensión, personas- era, para él, contraproducente cuando se trataba de disfrutar el libro/escrito. En eso, pensaba siempre para él mismo, radicaba su amor por la literatura y la existencia, y era eso precisamente lo que buscaba extraer de libros, personas y situaciones.
Como le había ocurrido muchas otras veces, ese día se dio cuenta repentinamente que había olvidado un asunto pendiente. Tenía que ver con el banco.
Dejó el libro marcado y se bañó y se vistió rápidamente, pensando que aún estaba a tiempo de tomar el bus y llegar antes de la hora de cierre.
Cuando estaba cruzando la carretera un camión lo embistió y tras volar por un tiempo que no pudo determinar -su mente estaba ocupada en otras cosas-, cayó de bruces sobre el asfalto, hecho todo un amasijo de dolores de distintas intensidades y niveles de humedad.
Sintió su sangre chorreando por algun sitio de la espalda, y tuvo la certeza de que moriría. Algunas personas se agolparon a su alrededor pero no podía oírlos ya. No supo si alguna vez lo habia hecho. “Esta fue toda mi vida”, pensó, “ya no habrá más”.
Murió instantes después, y lo último que pasó por su cabeza, como una centella, fue un pensamiento del escrito que dejó sin terminar sobre la mesa de noche. Tristemente, no pudimos establecer con certeza si el pensamiento del escrito tenía que ver con la belleza y el disfrute o con el significado del mismo. O con ambos aspectos.
Al funeral del hombre/muchacho/persona atendieron sus familiares y amigos. Los más cercanos demostraban gran tristeza e incluso lágrimas. Otros no lo demostraban, bien porque no lo sentían o porque no eran personas demostrativas.
En el entierro, el cura recitó un discurso inspirado en palabras de la Biblia -uno de los libros favoritos del difunto- que la mayoría de los asistentes que prestaron atención encontraron bonito y satisfactorio. La tía religiosa del fallecido lo encontró muy inspirador y sintió renovada su fé por la vida, agradeciendo profundamente para sus adentros que las palabras creadas por el ser humano como lenguaje pudieran ponerse a uso para tal fin. Otros no prestaron atención o no entendieron por muy diversas razones: no les gustaba leer o les costaba, y nunca desarrollaron esa capacidad, no entendían cuál era el gran asunto respecto a las palabras; también porque el orador era un cura y leía cosas parecidas a la Biblia, y eso no les gustaba. Y otras razones más.
Cuando el cuerpo estuvo bajo tierra los asistentes dieron la vuelta y regresaron a sus quehaceres. A algunos -los más cercanos- les tomó más tiempo y energía. A los otros no.
Y esa fue la historia del lector que le gustaba leer buenas redacciones aunque no entendía mucho sobre lo que decían/significaban, y también sobre el disfrute de la belleza, y sobre sólo una vida y un poco de otras.
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AM
Rhythos
Publicado por ebw













