Expiación

atonement

Había una vez la razón y la emoción se enamoraron y flirtearon, pero no pudieron casarse porque el Dios de la naturaleza lo designó imposible. De ese furtivo amor nació una hija renuente y dolida. Durante toda su vida ella intentó auscultar y descubrir todas las aristas y rincones de su naturaleza, a través de su limitada capacidad para la comprensión y la belleza. En los confusos años de su juventud y niñez intuyó la importancia de la verdad, y emprendió una salvaje búsqueda en pos de su captura. Durante largas y solitarias noches contempló su rostro, en turbias ensoñaciones que pensó jamás podría traducir como palabras/imagenes. Una tórrida noche de verano creyó haberlo besado, y desde entonces intentó con furia pintarlo en su lienzo y reclamarlo para sí misma, hacerlo suyo para siempre. Mucho tiempo después la madurez amainó su fiebre, y en el nuevo y sorprendente estado en que se halló -un matrimonio con la realidad arreglado unilateralmente- comprendió al fin la imposibilidad de capturar el elusivo rostro de la verdad, y lamentó los errores causados por la imprudencia de sus años mozos. En honor a sus mejores instintos se conformó con palpar y adivinar discretamente su silueta, y en un acto de bondad -la imprudencia de la vejez, acuñó- transformó las peores de sus fealdades en belleza. Así se lo dictaba su naturaleza. Al final de sus días tuvo la claridad y la urgencia de emplear los conocimientos que adquirió en vida en pos de otra ardua tarea: la de explicarnos sus pecados y virtudes, con el pesado anhelo de que sus naturales limitaciones obtuvieran la expiación de toda criatura que, como ella, alguna vez soñó.

Sintió que la necesitaba tanto como la expiación del Dios que la creó.

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