Sobre Mayo del ‘68
Domingo, Mayo 11, 2008Sobre mayo del ‘68, socialismo, y las románticas revueltas estudiantiles encontré una belleza escrita por uno de los pocos blogueros/escritores que realmente leo en la actualidad.
Espero no molestar al escritor original al ceder este espacio para poner sus palabras.
Léan:
El discreto encanto de la ideología
Diario de GinebraHablemos sin caretas, admitámoslo, soy un burgués con tendencias neoconservadoras que interrumpen mi consciente compromiso liberal, un híbrido temeroso de perder la estabilidad, un bicho raro para mis amigos socialistas. Entonces resulta coherente que una frase como “Seamos realistas, pidamos lo imposible” apenas suscite un enternecimiento poético o cierto entusiasmo mientras lo interprete fuera de su contexto original, olvidándome de quiénes la pronunciaron por primera vez en París, durante mayo de 1968. Cuarenta años después de la revuelta estudiantil más evocada del siglo XX, los medios de comunicación europeos, en particular los franceses, han abordado la efemérides con una amplitud colosal. Desde entrevistas a los otrora dirigentes universitarios que, entre Nanterre y Quartier Latin, propusieron arrancar los adoquines para encontrarse con la playa, hasta redescubierto material fílmico de aquellos turbulentos días de barricadas, represión policial, quemas de automóviles y huelgas generales. Pareciera que, asumida la decadencia que atraviesa la cultura francesa contemporánea, luego de siglos de notable hegemonía mundial, convencidos de la elegancia, profundidad y sutileza de su literatura, artes plásticas, cine, cocina, alta costura, incluso del refinamiento de sus costumbres, los intelectuales galos sintieran la urgencia de marquetear su último instante de gloria, su canto del cisne cultural, como medio de defensa ante la globalización y para paliar el escándalo de verse opacados por el predominio estadounidense. Porque desde mayo de 1968, Francia no transformó al mundo jamás, solo aniquiló su influencia sobre el intelecto de Occidente e impuso una engorrosa herencia apodada “nueva izquierda”, la Escuela del Resentimiento, ese pelotón maniqueo de multiculturalistas, ecologistas, anarquistas, feministas y demás sectas, promotores de aquel sebo de culebra llamado Estado de bienestar social, acaparadores lingüísticos de lo políticamente correcto, de palabras como solidaridad, libertad o derechos humanos. Cierto: mayo de 1968 confirmó que el modelo soviético estaba fracasando, pero procreó nuestra versión actual de izquierda, oenegeísta, gauche caviar, subalterna. Llámenme derechista, facho, esbirro, como gustéis, pero este aniversario, desde mi condición de hijo de migrantes clasemedieros, solo puede conducirnos a una reflexión: que cuatro décadas han ayudado a magnificar un asunto de mediana importancia, idealizándolo hasta el heroísmo. Leer mayo de 1968 entre líneas, desmontar el aparato retórico alrededor de sus supuestos aciertos y deconstruir el discreto encanto de su ideología es responsabilidad pendiente para nosotros, sus hijos, los posmodernos.
Sarkozy ha reiterado en numerosas ocasiones su deseo por “enterrar” el legado sesentayochesco. Su discurso de campaña más lúcido y espectacular, en abril de 2007, refería que “los herederos de Mayo del 68 habían impuesto la idea de que todo vale, que no hay ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo cierto y lo falso, entre lo bello y lo feo; habían intentado hacer creer que el alumno vale tanto como el maestro (…), que la víctima cuenta menos que el delincuente (…), que no podía existir ninguna jerarquía de valores (…), que se había acabado la autoridad, la cortesía, el respeto; que no había nada grande, nada sagrado, nada admirable; ninguna regla, ninguna norma, que nada estaba prohibido”. Aunque disienta con Sarkozy, no negaré que la desacralización, el cero absoluto que consagraron movimientos cercanos a mayo de 1968, para un artista en plena posmodernidad, se viene convirtiendo en una carga ominosa. Años atrás, cuando comenzaba mi carrera en la Facultad de Humanidades de la Universidad Católica, Víctor Vich, entonces profesor de Análisis Literario me inculcó (contra sus propias convicciones, claro) un odio visceral hacia los cultural studies, los postcolonial studies, Althusser, Laclau, cuando terminó su cátedra sugiriéndonos que reinterpretáramos las relaciones de poder, la posición discursiva del sujeto o conceptos como hegemonía cultural en textos tan admirables y trascendentes como la biografía de Yesabella o las canciones de Tongo. Difícil discernir en esa polémica entre apocalípticos e integrados “frente a la cultura de masas” como la concibe Umberto Eco; sin embargo, estudiar los mass-media como válida fuente transmisora de significados, no implica declarar en total incertidumbre la validez del juicio estético. Mejor dicho, las novelas rosa de Corín Tellado pueden valer tanto como el Quijote en cuanto objeto de estudio en primer grado, es decir, en el nivel del análisis, pero nunca en cuanto objeto de provecho, es decir, en el nivel de la crítica. Esto último no desmerece a tanto filme, videoclip, cómic, manga/animé, teleserie o espectáculo televisivo de riqueza expresiva y valor estético inestimable, pero al emitir esta última opinión queda evidenciada la fragilidad del relativismo que mayo de 1968 pretendía imponer. “Prohibido prohibir” (Il est interdit d’interdire) es un slogan maravilloso pero mi cínico carácter me impide aplicarlo fuera de su lírico espejismo.
Sin embargo, la liberalización social, sexual, artística, gnoseológica que los voceros historiográficos del socialismo suelen atribuirle al mayo francés, en sus valores más espontáneos y vívidos, es hechura no del izquierdismo reformado del 68, sino un producto de la explosión cultural de los años sesenta en los países anglosajones: los hippies, los beatnik, la psicodelia, Woodstock, y con especial énfasis, ese fenómeno musical y sociológico llamado The Beatles. Desde la beatlemanía de 1964, punto de quiebre en la famosa “invasión británica” a Estados Unidos, el cuarteto de Liverpool había venido rompiendo esquemas mentales con su actitud desenfadada pero fácil de consumir. Los Beatles liberaban sin destruir y cuando decidieron aventurarse hacia nuevas experiencias, convirtieron al amor en una utopía consistente, en una ideología del sentimiento, imposible de monopolizar por agentes políticos porque nos pertenecía a todos. Frente al huracán liberador de la cultura popular encarnado en los Beatles, mayo de 1968 luce empalidecido por la politización de un proceso de apertura más digno del liberalismo que del socialismo que defendían con ardor los estudiantes de la Sorbonne. Porque resulta ahora difícil conciliar aquella invocación al sexo libre con regímenes como la Cuba revolucionaria empecinada en perseguir homosexuales o lemas como “La imaginación al poder” con dictaduras barbáricas como la maoísta, opuesta a cualquier asomo de creatividad, y donde la sangrienta Revolución Cultural impuso al artista dos alternativas: el servilismo o la muerte; sin embargo, los estudiantes no parecían reparar en esa incongruencia. Quienes reclamaban mayor libertad de expresión debieron decepcionarse al descubrir que sus paraísos socialistas se erigían sobre el silenciamiento de centenares de escritores, políticos o periodistas de oposición. Mayo de 1968 no inventó ni potenció nada, solo politizó el incontenible avance de las libertades individuales propiciado por los fenómenos de masas. Al respecto, cabe recordar al Beatle más político del grupo, John Lennon, que inspirado por las revueltas francesas, dedica una reflexión bastante crítica sobre sus métodos y finalidades: “You say you want a revolution/Well, you know:/ We all want to change the world/ You tell me that is evoultion/ Well, you know:/We all want to change the world/ But when you talk about destruction/ Don’t you know that you can count me out.” La canción se llama “Revolution”. Me quedo con un verso al final que sentencia: “You better free your mind instead”: liberar la mente antes que emprender una falsa aventura revolucionaria, un cuestionamiento devastador porque si los estudiantes franceses hubieran operado esa verdadera liberación espiritual, habrían desistido a sostener ese tenue socialismo y ofrecido a sus descendientes una sociedad más libre y próspera.
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“You said that irony was the shackles of youth. Uh-huh.”
R.E.M., “What’s the frequency, Kenneth?” (1994)
Publicado por ebw








